El domingo amaneció lloviznando, lo que presagiaba un día fenomenal para rodar, lo único que faltaba era un grupo al cual me pudiera pegar. Recordaba haber recibido un correo electrónico con varios recorridos, pero por más que busqué entre los papeles de mi escritorio no encontré nada. No tuve más remedio que salir con los dedos cruzados para ver si me topaba con algún grupo de ciclistas. Nunca imaginé a dónde me llevaría el alcanzarlos.
Estuve un rato circulando por el carril ciclista de la Avenida Insurgentes: A tiempos tuve que echar carreras con el Metrobus que insiste en invadirlo. Cuando pasé por el Parque Hundido me percaté de un grupo rodando: Entre ellos había no menos de seis guapas mujeres.
---¿Para dónde van aquellos? ---le pregunté al vendedor de tamales.
---Para San Gregorio.
---¿Y eso donde queda?
---Allá donde están las nieves, pasando Xochimilco.
No he visto nieve desde que me agarró la migra en Chicago, así que puse pie al pedal y me esforcé por alcanzarlos. Al poco rato, cuando estaba tan cerca que ya sentía oler el cabello de las mujeres, oí el sonido que todo ciclista detesta oír. Un fuerte "psss" me hizo detenerme a reparar la llanta. En seguida traté de alcanzar al grupo, pero seguía lloviznando y hacía frío. Al llegar al letrero "Subida a La Loma", supuse que habían tomado ese trayecto y me perfilé por allí. Después del ascenso de 400 metros, tapados con lonas, se encontraban los puestos de quesadillas. Había errado el camino: No había nieve en ninguna parte. Así que opté por iniciar el descenso y continuar la búsqueda en La Ciudad.
Una vez de vuelta ---y aunque nunca me pierdo en la bicicleta--- todo se veía distinto. Llevo un mapa mental con todas las calles etiquetadas con sus nombres. Pero todos sabemos que la lluvia hace que las placas con los nombres de las calles se derritan como si fueran pinturas de Dalí. Tenía que esperar a que escampara y los nombres fueran legibles para hacer uso de mi mapa mental. El tiempo nunca pasa demasiado lento cuando uno hace lo que le gusta: Cayó la noche y volvió a amanecer sin que encontrara al grupo de ciclistas. Era lunes 20 de noviembre.
Y se me hacía tarde para el trabajo. Tomé mi acostumbrada ruta hacia el Zócalo, pero al llegar a Primer Cuadro las calles estaban bloqueadas con gente. Entre la muchedumbre alcancé a distinguir una cabeza que se asomaba por encima de la multitud: Era E. y me hacía señas para que me acercara. Al fin había alcanzado al grupo de ciclistas.
---Que bueno que llegaste ---dijo---, ya vamos a comenzar.
---¿Comenzar qué?
E. apuntó a una ciclista de rosa que llevaba una pancarta en un palo amarillo. En ese momento se me iluminó el interior de la cabeza: Si el Gobierno Federal había cancelado el desfile del 20, no podía ser otra cosa que una manifestación.
---Entiendo. Cuando pasemos enfrente del Jefe de Gobierno vamos a alzar el puño en alto y gritar: "¡Exigimos carriles para ciclistas en todas las vialidades primarias de La Ciudad!"
---Sí, ahá. De concreto hidráulico, ¿no?
Sonreí en anticipación a lo que nos esperaba y apenas me di cuenta de las dos preciosas mujeres que se deslizaron como sirenas hasta el frente del grupo de ciclistas. Era confuso mirarlas, pues aunque su cuerpo era de ciclista, sus bicicletas eran de una marca que sólo se consigue en Helsinki. Sospeché que podrían ser agentes del gobierno, pues tenían "Distrito Federal" estampado sobre sus culottes.
Comenzamos la marcha. Por delante de nosotros iban unos karatecas que no dejaban de pelear entre si. En el momento que llegamos frente al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, las dos bellas sirenas se alzaron del sillín de su bicicleta y mostraron su arma secreta: Nos pegó como kriptonita. Apenas pudimos balbucear. Como hipnotizados las seguimos alrededor del Zócalo, por la Avenida 5 de Mayo y hasta la Alameda Central. Después nos sustrajeron hacia una calle donde un hombre sacaba lonches de una caja mágica: Sacaba tortas y refrescos y no había fin. Para los Biciperros ---cuyo apetito es famoso hasta la Patagonia--- había de a dos y tres lonches por cabeza. Y en el momento en que todos masticaban, me percaté de la limosina amarilla que se detuvo a un lado de la acera. Bajó un chofer uniformado y les abrió la portezuela a las Dulces Muñecas del Distrito Federal. Dio marcha al vehículo y se las llevó desapareciendo en medio de la bruma.
Espero que el próximo año no nos dejemos hipnotizar tan fácilmente y pidamos nuestros carriles ciclistas de concreto hidráulico...